Una reflexión sobre lo que representa el campeonato para todos los que lo vivimos alguna vez: una experiencia que trasciende las fronteras del deporte.
Por Pedro Fassi
El fútbol nos atraviesa a todos, ya sea con la pasión de los hinchas, la adrenalina de los jugadores o simplemente compartiendo la emoción de algún ser querido que está atento a algún partido. Sin negar la movilización cultural masiva que genera el “deporte rey” en todo el mundo, es acertado decir que el elemento central, que genera las grandes alegrías y tristezas, es el muchas veces injusto resultado final.
Es por esta razón que el título de esta editorial me lleva a pensar nuestro Campeonato como algo más allá de la actividad que se practica. La competencia pasa a un segundo plano, opacada por las experiencias de los 1807 anotados que se acercan un nuevo año sabiendo que solo unos pocos van a subir al escenario entre saltos y espuma el 29 de noviembre.
Si la pelota toca la red en cualquiera de las 13 categorías que se juegan en simultáneo, la sensación de felicidad es algo que se transmite en el aire. No por sumar un tanto más al marcador, sino por poder disfrutar de ese momento con compañeros, que muchas veces, si no lo son ya, se convierten en nuevos amigos, y con aquellos que están del otro lado de la línea expectantes de pasar un buen momento.
Al fin y al cabo, son más las horas que pasamos fuera de la cancha que adentro, ya sea mirando, jugando o cubriendo partidos en nuestro caso, e incluso son más las alegrías que nos da un día de campeonato que las que nos da una victoria en el partido de turno. Para aquellos que ya no juegan, o que lo conocieron como espectadores, el “fútbol” de noviembre es simplemente una excusa para disfrutar de un día con amigos y familia.
Desde 1971, cada una de las 54 ediciones dejaron algo en el recuerdo de sus participantes. Esas memorias valen mucho más si se trata de una sonrisa que les provocaron.
Demás está decir que todos alguna vez soñamos con salir campeones. Desde mi propia experiencia, aquel 2018 cuando conquistamos la categoría D con el equipo Tigres (sí, antes éramos animales y no capitales a esa edad) es probablemente de los años que más cariño le tengo. Sin embargo, en el mismo nivel de afecto ubico el anteúltimo puesto en la C con Río Limay, ya que fue la primera y última vez que tuve a mi papá de entrenador y compartir esta alegría con él fue de lo mejor, a pesar de que no le ganaramos a casi nadie.
Tanto los equipos aleatorios, que tanta ansiedad generan cuando están por salir, como los conjuntos de amigos que se arman en las categorías juveniles, dejan una huella en sus integrantes. De las 12 temporadas que me tocó jugar, ninguna fue igual a la anterior y todas tuvieron lo suyo.
Si sólo pensáramos en el resultado, si fuéramos a jugar un partido y volviéramos a casa, el campeonato sería simplemente uno más en un mar de torneos. Si sólo de fútbol se tratara, no habría tantas personas esperando que llegue ese primer domingo para ver qué les depara una nueva edición que, con certeza, va a ser nuevamente memorable.